El mito de las “Reformas estructurales”. La tonadita que no terminan de tararear los gobiernos neoliberales en México.

Cuando la crisis económica arreciaba en nuestro país (al igual que en muchos otros lugares del orbe) allá en la década de los setenta del siglo pasado, siendo presidente López Portillo, comenzaron las pláticas para firmar unas cartas de intención del gobierno de México y el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo el auge petrolero detuvo las dichas negociaciones y el presidente se puso traje nacionalista y decía que el país ahora sí iba a progresar… hasta que estalló la crisis en el precio del petróleo, que terminó en una crisis de la deuda en México porque el gobierno se había puesto a gastar lo que no tenía. Finalmente el siguiente sexenio, Miguel de la Madrid Hurtado asumió los compromisos que su predecesor había suspendido, comenzaron a instaurarse las políticas neoliberales que algunos años después fueron conocidas como el decálogo del Consenso de Washington.

El discurso ha sido de aquel entonces hasta ahora que la salida al problema económico del país pasa por las reformas estructrales, que por medio de ellas se puede resolver los problemas que impiden el crecimiento y la productividad del país, que estas medidas servirán, dicen los administradores del capital, para la creación de empleos, para el aumento de la productividad y la competitividad de la economía del país y para incrementar los ingresos de los mexicanos.

Las reformas estructurales pendientes para los arquitectos de la política neoliberal mexicana se centran en tres ámbitos: la reforma laboral, la reforma energética y la reforma fiscal. Las tres son parte de una serie de medidas que buscan facilitar la consolidación de los intereses de los grupos económicos más importantes del país y a nivel mundial, esto sin establecer como prioridad las necesidades y derechos sociales de la mayor parte de la población, es decir aquella dedicada a trabajar en el campo, la ciudad. Aquí cabe mencionar que uno de los logros que han tenido los gobiernos neoliberales es presentar los intereses de los empresarios como los mismos intereses de la sociedad, que para el común de los mortales es igual de importante el crecimiento de las empresas que los salarios de los trabajadores, como si fuera lo mismo el afán de lucro de los capitalistas que los niveles de vida de la población.

Ahora bien, estas reformas se nombran desde los gobiernos en el poder como discurso recurrente, pero se exponen sin mucha precisión. No se explicitan claramente sus contenidos, pero se defiende con ahínco sus “bondades”, argumentando que sólo con su aprobación e implementación, el país saldrá del atolladero en el que estamos metidos. Para esto sólo hay que hacer un ejercicio de memoria histórica, recordar desde cuándo los gobiernos de nuestro país traen la cantaleta de las reformas estructurales al mero estilo del ya merito, del espéreme tantito que ahora sí ya sale. La continuidad del modelo neoliberal en México es clara e inequívoca, los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón han tenido la misma dirección. El gobierno del impuesto copetudo, Enrique Peña Nieto, no se saldrá de este guión prescrito y ya nos receta la misma cantaleta, son necesarias las reformas estructurales  para generar empleos, crecimiento, etc., etc., etc.

Sin embargo esta tonadita no sólo refleja que los poderosos no tienen un proyecto de país en que las mayorías sean beneficiadas, (el proyecto de los políticos es que entregar a los dueños del dinero en bandeja de plata las riquezas del país y transformarlo en valle de la explotación, es decir es un proyecto de la burguesía pero no de los trabajadores), también muestra a todas luces que la receta neoliberal está equivocada y los efectos los tenemos frente a nosotros: mayor pobreza, aumento de la concentración de la riqueza en muy pocas manos, deterioro ambiental, incremento de los conflictos sociales, crisis de inseguridad e injusticia, violación sistemática de los derechos humanos, impunidad y un sistema político degradado, por mencionar sólo algunos problemas que no ha podido resolver el neoliberalismo en sus más de tres décadas de implementación en México.

¿No acaso ya se reformaron los artículos 3º, 27, 123, 130 y muchos otros al gusto de los gobiernos neoliberales? ¿No acaso se vendieron ya miles de empresas del Estado? ¿No se firmó y se aplica plenamente ya el TLC? ¿No se han reducido ya funciones de intervención del Estado mexicano? ¿No es verdad que se están privatizando aceleradamente PEMEX, la CFE, la educación pública y la Seguridad Social, y que desapareció la Compañía de Luz y Fuerza del Centro? ¿No están ya ciudadanizadas las instituciones electorales? ¿No es ya una realidad la alternancia en el poder?

Del 1982 al 2000, el aspecto principal de estas reformas fue privatizar más de dos mil empresas del sector paraestatal de la economía mexicana. Las privatizaciones más importantes han sido: la bancaria, siderúrgica, financiera, telefónica, fertilizante, ferrocarrilera y desde la administración de Zedillo estos gobiernos buscaron privatizar la industria eléctrica y la industria petrolera. Hay que recordar también que la creación del IVA en 1981, (y que con Zedillo se incrementó de 10 a 15% y con Calderón al 16%), también forma parte de este paquete de reformas estructurales. No podemos olvidar las reformas al sistema de pensiones en el Seguro Social, Universidades e ISSSTE, o que en el campo se abrieron las puertas para privatizar el ejido y en el sector bancario se posibilitó la inversión extranjera hasta el 100%, de tal modo que hoy alrededor del 90% de la banca está en manos de extranjeros.

¿Por qué con todo y el avance en la implementación de las reformas estructurales no se han resuelto los problemas sociales y económicos de la mayoría de la población? Sencillamente porque no están hechas para eso, al contrario, son una herramienta para administrar la crisis, para permitir la explotación, el despojo, el desprecio y la represión que conlleva el sistema de producción capitalista. Por eso decimos que se trata de un mito vil, de una justificación del orden establecido, de una forma de contarnos que estamos saliendo del atolladero, cuando estamos cavando nuestra propia tumba.

En esta creación de la mentira ha sido una pieza fundamental los medios masivos, las televisoras, periódicos, radios, portales al servicio del poder. Los mismos que siguen condenando las resistencias sociales al capitalismo y mantienen la cantaleta de que el mercado, los empresarios y ellos mismos, son los que mejor pueden satisfacer las necesidades sociales, sin necesidad de que haya una regulación social, sin que se tengan que organizar los trabajadores en sindicatos, sin que se repartan las tierras, sin que se atiendan prioritariamente los rezagos sociales. En esa tonadita capitalista, la política no sólo se ha desvirtuado, se ha elevado a las esferas privilegiadas de los que conocen la real politik, es decir los que negocian con las necesidades sociales y han dejado fuera a todos los individuos de a pie, tan comunes y ordinarios como usted, como nosotros, que padecemos todas las consecuencias de las políticas neoliberales, que, paradójica y reiteradamente decimos, somos la mayoría de la sociedad.

Por eso denunciamos el contenido de estas reformas estructurales, porque cuando desde el gobierno y los dueños del dinero hablan de reforma fiscal apuntan a poner el IVA en alimentos y medicinas, en tanto poco se habla de acabar con los privilegios fiscales de las grandes empresas. Cuando allá arriba se habla de reforma energética tienen como propósito continuar y profundizar el proceso de privatización en Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad. Cuando los poderosos dicen que necesitan la reforma laboral, quieren decir que necesitan precarizar el empleo, acotar los derechos laborales y privatizar la seguridad social. De igual forma cuando los capitalistas, sean del color que sean, demandan la reforma política, cuidan de que no se acabe el juego político por el cual se reparten el poder, hacen las maromas para hablar de participación ciudadana, pero mantienen una democracia precaria y mínima.

Para concluir ampliemos la mira y recordemos que esta política económica no es exclusiva de México, al contrario es una política a nivel mundial, que tuvo su arranque en el Chile de la sangre todavía caliente de Salvador Allende en 1973, continuado luego en América Latina por la dictadura genocida establecida en la Argentina en 1976 con el objeto de instaurar el predominio del capital financiero y diseminado posteriormente como una pestilencia medieval por todo el Tercer Mundo. Retomamos las palabras de un científico social argentino, Atilio Borón, quien escribió que a más de tres décadas del comienzo de la era neoliberal “el veredicto de la experiencia histórica es inapelable: (i) el neoliberalismo ha demostrado ser incapaz de promover el crecimiento económico, y en este sentido su desempeño ha resultado ser, tomando un período suficientemente largo, uno de los fiascos más estruendosos de la historia económica del siglo veinte, con tasas de crecimiento muy inferiores a las de los períodos que le precedieron; (ii) el neoliberalismo ha fracasado de manera aún más rotunda en redistribuir los ingresos y las rentas, pese a las reiteradas promesas en contrario, ahora silenciosamente archivadas. No hubo tal cosa: los ricos se enriquecieron cada vez más al paso que la gran masa de la población se sumergía más profundamente en la pobreza; (iii) al dar rienda suelta a las tendencias predatorias de los mercados el neoliberalismo provocó notables fracturas de todo tipo al instituir un verdadero ‘apartheid’ económico y social que destruyó casi irreparablemente la trama de nuestras sociedades y debilitó hasta límites casi desconocidos la legitimidad del estado.

Bástenos con decir que, en realidad, las políticas llevadas a cabo en nuestra región lejos de haber introducido ‘reformas’ -esto es, cambios graduales en una dirección tendiente hacia una mayor igualdad, bienestar social, y libertad para el conjunto de la población- lo que hicieron fue potenciar una serie de transformaciones que recortaron antiguos derechos ciudadanos, redujeron dramáticamente las prestaciones sociales del estado y consolidaron una sociedad mucho más injusta y desigual que la que existía al comienzo de la etapa “reformista”. Lo que ocurre es que la victoria ideológica del neoliberalismo se expresa, entre otras cosas, por un singular deslizamiento semántico que hace que las palabras pierdan su antiguo significado y adopten otro nuevo. En ese sentido, las ‘reformas’ padecidas por nuestras sociedades en las últimas décadas son, en realidad, acentuados procesos de involución social.”

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